martes, 1 de septiembre de 2015

ULTRA TRAIL MONT BLANC 2015 – “La Conquista del Paraíso”: de la experiencia se aprende.


A finales de agosto de 2013 mi cabeza era un hervidero. Después de un lustro correteando por montañas y más de una docena de años haciéndolo por asfalto, había logrado acabar por primera vez un ultra de más de 100k (el Gran Trail de Peñalara) y estaba en camino del segundo (la Madrid Segovia). El Ultra del Mont Blanc siempre estuvo en mi cabeza, pero metódico que es uno, quería seguir “fogueándome” en otros ultras antes de dar el paso. AFORTUNADAMENTE alguien muy especial encendió la llama de la que iba a ser la mayor aventura de mi vida. Mi compañera del alma Esther, con el gusanillo en el cuerpo, me echó los perros en danza para que nos planteáramos el UTMB como siguiente reto. Yo no lo veía claro, pero tampoco vi claro en su momento apuntarme al GTP y luego fue un éxito. Así caí sin remisión en el ritmo de la danza…

Desde ese momento y hasta agosto de 2015 todo era UTMB. Primero terminar de conseguir los puntos, buscando por la geografía española una prueba que fuera asequible para ello (y nos metimos en los Ancares de 2013, con unas condiciones de tiempo y una dureza que aún recordamos con cariño y sufrimiento al mismo tiempo), después apuntarnos al sorteo, fallar en el primer intento lo que hizo que nos embarcáramos en otro reto que pudo con nosotros pero nos hizo más fuertes (una Travesera 2014 que me sigue pareciendo inhumana), y finalmente tras un segundo intento, empezar el 2015 con el convencimiento de que nada iba a ser igual. El UTMB nos esperaba, la preparación estaba diseñada para ir acumulando fuerza y kilómetros, corriendo carreras “diferentes” para no agotarnos mentalmente, y por delante teníamos muchos meses para disfrutar.

Tres Valles, Rioja Ultra Wine, Ultra de los Picos de Europa, Ruta Vetona, GTP… cada prueba intermedia era un reto y un entrenamiento de experiencia al mismo tiempo. En todas ellas aprendimos, disfrutamos y veíamos que íbamos por buen camino. Se asimilaban los kilómetros, se preparaba la mente para lo que se nos venía encima. Esther y yo acabamos siendo un ser dividido en dos personas, con las mismas ilusiones en la cabeza: escuchar “La Conquista del Paraíso” de VANGELIS y dejarnos llevar por los 170kilómetros y 10.000 metros positivos que tiene el UTMB. Casi dos días sin descanso en donde las dudas nos vendrían una y otra vez. Teníamos que llegar con los deberes hechos y humildemente creemos que así fue.

Hasta que llegó el momento. Con nosotros venía el amigo infatigable, la experiencia en persona, Alfredo, dos veces finisher de la UTMB, que volvió a sucumbir a los encantos del Gran Tour del Mont Blanc en versión “non stop”, sirviéndonos de acicate espiritual, sabiendo que él siempre estaría ahí, por detrás o por delante, pero presente y compartiendo su sabiduría con nosotros. Tantos meses pensando “esto no será nada comparado al Mont Blanc” y ese momento ya estaba ante nosotros. Nerviosos pero extasiados por el ambiente previo de la carrera, con ganas de empezar, nos fuimos Esther y yo a la salida, procurando no pensar en lo que se nos venía encima, sino en disfrutar y llegar hasta donde se pudiese. A nuestro favor una climatología excepcional, única e inigualable, y un proceso preparatorio que nos había dado muchas alegrías y del que estábamos muy satisfechos. ¡Era el momento!



Y VANGELIS empezó a sonar. Y la cuenta atrás comenzó… y los últimos dos años de nuestras vidas cobraron sentido en ese momento.

Como siempre, mi problema principal es el miedo escénico a lo desconocido. Me pasó antes de mi primer 10k de asfalto. Me pasó antes de mi primera maratón. Me pasó antes del GTP… y me pasó en el UTMB. Trataba de mantener la cabeza distraída, pero no dejaba de pensar que teníamos por delante muchas horas y no sabía si había tentado demasiado al diablo. Esther me conocía, sabía por mi cara que ese miedo escénico me estaba viniendo y usó los bastones (imprescindibles en el UTMB) para despertarme de mis pensamientos tóxicos. Afortunadamente pronto llegamos al primer control y la euforia me vino.

La idea era empezar vivos para pasar los controles aunque fueran justos al principio. Yo sabía que hasta Courmayeur la carrera tenía una media “alta”, de 4-5 kilómetros por hora y a partir de ahí bastaba con “no parar” para llegar. Pero la euforia me vino al ver que ya en el primer control habíamos logrado 45 minutos de ventaja. Eso me hizo anticiparme al éxito y también me hizo olvidar que mis piernas no están pensadas para excesos prolongados. Esther, más regular en ritmo y fuerte en cuádriceps, me mantenía con los pies en el suelo. Yo no hacía más que mirar el reloj y ver que cada vez teníamos más margen, y como mis piernas iban bien, no pensé en “reservar”.

Comenzamos la primera gran subida de la carrera la Croix du Bonhomme, en plena noche, y me sentía fuerte. Esther tenía también buena cara y subiendo no hacíamos más que pasar gente. Ya iba haciendo cálculos: “a este ritmo llegamos a Courmayeur con 4 horas de margen” que era lo que yo quería tener en Champex Lac por si la segunda noche nos obligaba a dormir. Comenzó el descenso y no me di cuenta de que el terreno no estaba para grandes florituras. Esther más precavida, bajaba guardando cuádriceps. Yo trotaba y paraba un rato para reunirme con ella, volvía a trotar… Veía cerca Les Chapieux y soñaba con superar las tres horas de margen ahí ya. Cuando llegamos nos sorprendieron con un control de material que nos descolocó un poco y enseguida afrontamos la segunda subida que nos daría paso a Italia, aún de noche, el Col de la Seigne. Nos amanecería allí, y empezaría entonces el tramo de carrera en que yo pensé en su momento sacar más tiempo, pues ya era otra vez de día y tendríamos Courmayeur para descansar.

Un primer error por mi parte fue no abrigarme. La subida a la Seigne fue ventosa y yo notaba frío. Esther que aguanta mejor los cambios de temperatura no tenía frío, pero yo por evitar el parar no me puse nada, hasta que en cumbre tuve que hacerlo ya temblando. El problema es que esto me hizo gastar más energías de las necesarias y la euforia que hasta ese momento tenía se me fue de un plumazo al llegar a la “sorpresa” que la organización tenía este año en forma del Col Des Pyramides Calcaires. No llegaba a 300 metros de desnivel, pero el terreno era roto y complejo y la bajada que vendría después larga y tortuosa. El Lac Combal no llegaba nunca y mis fuerzas se acabaron. “Pajarón” en toda regla. Gracias a Esther y sus ánimos, y un par de geles, logré recomponerme, a costa de perder parte del margen que llevábamos. Aún así llegamos a Lac Combal con más de 2 horas, pero no todos los problemas habían acabado.



Después de un tramo de llaneo, otra subida interminable se nos vino encima, el Mont Favre. No llega a 500 metros, pero las fuerzas estaban minadas y cuando llegamos a su cumbre, ni las fabulosas vistas del Mont Blanc desde el lado italiano nos recompusieron. Una chica de la organización muy amable se ofrecía a hacer fotos a los corredores con el Monte Blanco al fondo, pero para fotos estábamos nosotros. Sólo queríamos llegar a Courmayeur y hacer borrón y cuenta nueva. Venga, que todo es bajada, ¡a correr!

Y así hicimos al principio, viendo como Col Checrouit se acercaba y como nuestras piernas empezaban a dar señales de cansancio. Llegamos al Col y rechazamos la pasta que nos ofrecían pensando que Courmayeur estaba cerca… sí cerca pero 700m por debajo de nuestros pies. La bajada fue agónica. Senda estrecha, llena de raíces, revirada… se podía correr, pero ¿a qué precio? Decidimos bajar “andando deprisa” a costa de oir pasar balas por todos los atrochamientos que se podían hacer. Cuando llegamos a Courmayeur empezamos a ser conscientes de que estábamos en los Alpes, que la carrera no era tan idílica y corrible como pensábamos y que las piernas y los pies no iban todo lo bien que debieran.

En Courmayeur nos cambiamos de ropa y comimos lo que pudimos. Yo también quería “soltar lastre” pero la aglomeración de gente en el polideportivo me quitó la idea de la cabeza y me agobió un poco. Esther, más paciente, recargó gasolina y comió de la pasta que nos ofrecían. Yo ya andaba con cerrazón de estómago y me dolía la cabeza. Sólo quería que no se me olvidase nada importante y salir de allí. En teoría una vez que alcanzásemos el Refugio Bertone y hasta Arnuva teníamos 14 kilómetros para rodar tranquilos, prácticamente llanos. Pero obviamente llegar al Refugio no iba a ser un paseo. Mi cabeza empezaba a no ver las cosas claras. Y sabía que “era difícil” que nos quitaran el dorsal. Habíamos conseguido bastante margen y la media a partir de ese momento era lo suficientemente baja como para llegar a meta si no se paraba, solo andando “normal”. La sombra de la retirada empezaba a asomar por mi cabeza. Esther trató de recomponerme y me instó a tomar cafeína. Nuestro mayor miedo antes del UTMB era el sueño y llevábamos pastillas de cafeína para evitarlo. Yo no quería abusar y no quería tomarla hasta la segunda noche, pero hice caso a Esther y me vino muy bien. Al llegar al Bertone volvía a tener un momento de euforia y volví a ver que el reto era posible.



Desde este punto ya no corríamos. Andábamos más deprisa o más despacio según el terreno lo permitiese, pero correr en sentido estricto ya no lo hacíamos. Nos habíamos cambiado las zapatillas a otra más blandas y amortiguadas, pensando que la segunda mitad de la carrera era más corrible. Esther tenía ampollas, pero aún no le molestaban mucho y yo tenía alguna rozadura pero podía soportarlo. Lo que ya era inminente era la necesidad de “soltar lastre” por mi parte. Pero no quería que perdiésemos tiempo. Como me veía fuerte le dije a Esther que me adelantaría y bajaría lo más rápido posible a Arnuva para ir a la zona de aseos habilitada para la ocasión. Así lo hice y cometí la temeridad de dejarme llevar y en 1k en bajada adelantar a una docena de personas… Obviamente este exceso terminó de acabar con mis cuádriceps y firmé mi sentencia de muerte.

Esther llegó a Arnuva con bastante dolor en los pies, pero como había cola para la enfermería optó por seguir adelante. Comimos bien y seguimos dispuestos a coronar el techo del UTMB, el Grand Col Ferret, una larga e interminable subida de casi 900 metros. Se nos hizo larga a más no poder y las fuerzas volvían a irse de nuestros cuerpos. Yo volví a sufrir un bajón energético y lamenté no haber traído otro tipo de alimento “entre avituallamientos”. Veníamos solo con geles y carbohidratos líquidos y a estas alturas de carrera entre un punto de control y otro podía pasar fácilmente 6 horas… echaba de menos algo sólido que llevarme a la boca, aunque “nutricionalmente” hablando estuviésemos recuperando energía gracias a los geles. Afortunadamente poco a poco llegamos a cima y el objetivo de llegar a La Fouly antes de anochecer se iba a cumplir. La bajada no era muy tortuosa al principio, pero ya no había fuerzas y bajábamos rápidos, pero sin correr, sorprendiéndonos de como la gente se tiraba en las cunetas a dormir y nadie les preguntaba si estaban bien o no. Llegamos a pensar que nos deberían haber dado un cartel de “durmiendo” para ponerse encima los corredores cuando hiciesen esto... Aún así yo veía que el margen aumentaba…  pero a veces empezaba a pensar que esto no era un alivio para mi… No quería abandonar pero mi estómago estaba mal y las rodillas me pinchaban, porque mis cuádriceps habían desaparecido. El gemelo derecho que fue lo primero que se quejó también seguía presentando sus respetos, y mi cabeza empezaba a no encontrar pensamientos positivos.  

Llegamos a una zona llana al lado del río y mi espíritu terminó de fallar al ver que La Fouly no terminaba de llegar. Seguíamos ampliando margen pero entré en el avituallamiento haciendo la goma y no consiguiendo mantener el ritmo de Esther y sopesé seriamente la retirada. En este punto empezaba “lo desconocido”, nunca habíamos ido más allá de 110k y ese momento llegó en este punto. Tenía que seguir. Pero ¿sería capaz de sufrir durante casi 60k y 3.500 positivos más? Me acordé de cuando fuimos al GTP este año, llegando solo a Rascafría y teniendo en mi caso pinchazos y calambres desde el kilómetro 20. Entonces lo conseguí y era solo un entreno. Aquí se trataba de sufrir igual pero el doble de distancia. Entre 18-20 horas más… Esther me trató con cariño, nos cambiamos tranquilamente de ropa, iba a llegar la noche y necesitábamos más compresión en las piernas. Los músculos ya no estaban en su sitio y había que ayudarles un poco. Nos tomamos otro chute de cafeína y tratamos de comer. Pero a mi no me entraba nada. Un simple sándwich se me hizo una bola en la boca y solo con coca cola y agua logré disolverlo… El caldo caliente si me vino bien, pero seguía viéndolo todo muy negro.



Y entonces elevé la cabeza hacia el cartel informativo del siguiente avituallamiento: 14km y 550 positivos. ¡Venga Raúl! Eso no es nada y empezarán los “tres pollones” (así llamábamos a los tres últimos picos del Ultra, casi tres kilómetros verticales en 35 kilómetros longitudinales). ¡Empezamos esto juntos y hay que acabar juntos! ¡No dejes sola a Esther! ¡Venga!

Aún logré poner en orden mi cabeza y al ver que no había vomitado y el sándwich logró pasar y que la cafeína empezaba a hacer efecto, me levanté dispuesto a seguir. Además las mallas piratas aliviaron mis rodillas. ¡Venga solo es cuestión de tiempo! Así comenzamos un rato bonito y cómodo a lo largo del río, en bajada suave hasta Praz de Fort. Pero las dudas volvieron. Y volvieron en el llano. Esther mantenía el ritmo pero yo me quedaba rezagado. No podía doblar las piernas ni lanzar la zancada más allá de los 5 kilómetros por hora, algo que teniendo en cuenta el terreno favorable no estaba justificado. Y cuando había alguna subida me tenía que colgar de los bastones. La espalda también me dolía de forzar la postura. Irremediablemente mi cabeza me repetía cada vez más que tenía que retirarme.

Esther se dio cuenta de que no hablaba. Se dio cuenta de mi estado y creo que sabía que no iba a dar mucho más de mi… Yo ya casi había tomado la decisión pero no quería dejarla sola en el primer “pollón”. Sabíamos que llegar a Trient desde Champex Lac era lo más duro de la carrera, lo más tortuoso. En plena segunda noche. ¡Sigue hasta allí y luego retírate si quieres! Pero al comenzar a subir a Champex Lac (400 metros en poco más de 2 kilómetros) ya no podía más. Todo mi cuerpo era un dolor y estaba al borde del llanto. Para colmo Trient estaba a 16 kilómetros de allí y el primer “pollón” subía 900 metros positivos. Seguir con Esther habría sido hacerla perder un tiempo muy valioso. Ella iba con los pies muy mal y no podría mantener la media en las bajadas aunque sus piernas no hubiesen quemado aún todas las naves. Lo más sensato era retirarse.

Y así lo hice. Lo hice rápido, inmediatamente, no quería perder tiempo pensando: me dirigí al puesto de control y dije que no podía seguir. Me intentaron convencer tres voluntarios de que siguiese. Me animaron. Pero no podía seguir. Me quitaron el chip de control y me dieron oficialmente por retirado no sin antes darme un aplauso y decirme bravo. Y me vine abajo. Me senté en un banco junto a Esther y me puse a llorar. Era cansancio, frustración, rabia, tanto tiempo preparando esto juntos, pensando en acabarlo juntos y ahora me sentía un poco egoísta por sucumbir al sufrimiento, ese que habíamos anticipado tantas veces, y abandonar el barco… Sabía que Esther era LA PERSONA, ella tenía fuerza, tenacidad y cabezonería suficiente como para acabar… pero al mismo tiempo tenía miedo de dejarla sola. Sabía que iba a sufrir mucho durante 15 horas más y que yo no iba a estar allí.

Esther propuso retirarse ella también pero no se lo podía permitir. Le di todo lo que ya no necesitaba: geles, sales, carbos, mi frontal, la hoja de ruta con tiempos de paso, me quedé con su ropa sucia, esperé a que comiese y cargase agua y volví a llorar abrazado a ella diciéndole que ella podría, que quería verla en Chamonix, que el último kilómetro iríamos juntos y que lo lograría. Que estaría pendiente de ella y no le pasaría nada… Ella se levantó y siguió… y cuando ya se fue me tumbé en el banco y cerré los ojos. Todo había acabado… casi 125 kilómetros después y más de 7.000 positivos eran los números. Casi 30 horas… sin culminación.

Desde este momento las horas se me hicieron eternas. Pregunté donde estaba el autobús para Chamonix y me indicaron muy amablemente. Cuando llegué el autobús estaba lleno de familiares que iban al siguiente punto de control y algunos retirados. El siguiente vendría una hora después. El conductor hizo algo que me sorprendió. Dijo en francés que si alguien me cedía el sitio y acto seguido 4 personas cercanas se levantaron y me ofrecieron su puesto. Yo no quise aceptarlo pero el propio conductor me cogió de la mano y me subió al autobús. De ahí a Chamonix pasaron dos horas de autobús en los que traté de dormir y mi mente no dejaba de pensar en Esther. Un hombre que seguía a su yerno me dio ánimos y me estuvo hablando un rato. Se bajó en Trient y me quedé ya a solas con mis dolores y mis dudas.

Al llegar a Chamonix vi con envidia como un corredor (que por la hora que era iba a acabar en 32 horas) iba a ritmo de maratón casi enfilado a meta. Yo me fui al hotel. Me duché y empecé a seguir on-line la progresión de Esther y Alfredo, que según teníamos entendido seguía en carrera, en su línea, apurando el margen. Puse el despertador cuando daban el siguiente paso probable. No pegué ojo. Miré el móvil. Aún no había pasado. Aún no. ¡Sí! ¡Lo ha logrado! Y había cogido más margen. ¡Lo tiene! ¡Otro más! Ha perdido un poco de margen pero normal, es la bajada de Trient, la famosa bajada tortuosa que como debe de tener los pies no quiero ni pensar en el dolor… Y encima con esas zapatillas tan blandas que llevábamos… ¡Otro más! Ha logrado pasar el segundo “pollón” y ya le está amaneciendo. ¡Venga! Ahora a bajar poco a poco… y algo pasaba. Porque le daban la llegada a “Vallorcine” a las 8 y ya eran las 8:30 y nada… 8:45… nada… 9… 9:20 ¡Sí! Pobrecilla, cómo debe de tener los pies para bajar así y perder más de 100 puestos en la bajada… pero tiene margen. ¡Ánimo que lo consigues Esther!

Cuando solo faltaban los últimos 8k me fui a la zona de llegada, a la entrada a Chamonix desde las alturas. Se me hicieron eternos los minutos. No veía el momento de ver entrar a Esther. Hasta que apareció y se me olvidaron todos los dolores. Corrí hacia ella y la abracé le cogí de la mano y no la solté casi hasta meta. Sonriendo de oreja a oreja. Lo iba a conseguir. LO IBA A CONSEGUIR. Y lo LOGRÓ. Había “Conquistado el Paraíso”, había logrado sobreponerse a todo, al terreno, al dolor, a la segunda noche, a las subidas y bajadas interminables…

Alfredo lo volvería a conseguir por tercera vez en su vida hora y media después. Sólo yo no hice los deberes. Pero no estoy triste. Como dije antes en todo este tiempo Esther y yo habíamos logrado ser uno en el objetivo del Mont Blanc. Ella llegó y yo dentro de ella. Eso es suficiente.

No sé si volveré a intentarlo. Ahora sé lo que no debo de hacer. Y cosas que debería haber hecho. Pero no sé si se volverán a repetir las condiciones meteorológicas idílicas de este año. Ni la motivación suficiente para volver a conseguir puntos, entrar en el sorteo, entrenar… Sólo sé que el Ultra Trail del Mont Blanc 2015 es un antes y un después. Es una experiencia de la que se aprende, de la que se vive… es un recuerdo que nadie me quitará. Y ver la sonrisa de Esther y el alivió de su mirada nada más cruzar la meta, sintiéndola protagonista de ALGO GRANDE es suficiente chaleco para el armario de mi vida. ¡Gracias Mont Blanc! ¡Gracias Esther!



8 comentarios:

  1. Épico amigo!!! Ni un pensamiento de abandono, lo diste todo. Ese es el reto... un abrazo admirado

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    1. Gracias Jaime! Tu también dentro de nada estarás afrontando tu reto. Animo!

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  2. Raúl deja que pase tiempo, mucho tiempo y ya tu cuerpo y tus deseos te conducirán directamente a lo que deseas: volver a intentarlo. Te deseo mejor suerte (que también hay que tenerla) que esta vez. Creo sinceramente que puedes conseguirlo.

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    1. Sé que es cuestión de tiempo. Poco a poco... Enhorabuena a ti por ser finisher!! Tiempazo menos de 36 horas! Qué máquina!

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  3. Se que volverás, pero tú aún no eres consciente de ello. Te despertarás un día y una sonrisa cruzará tu rostro y tendrás la certeza de que lo intentarás de nuevo y está vez lo conseguirás y entraréis Esther y tú, juntos de la mano, en el paraíso

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    1. El paraíso sigue ahí y seguirá... mientras a buscar otras motivaciones y metas y ya veremos en el futuro. Gracias Nati!

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  4. Chapo, para ti y para Esther, una narración espectacular como vuestras proeza, enhorabuena a ti y a Esther

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